lunes, 9 de agosto de 2010

Las pensiones y los otros

En sus Memorias de un Historiador, José Antonio del Busto hace la siguiente reflexión: “…Ya sé que soy viejo, que tengo cáncer, que ese mal va a proseguir; que nunca hice fortuna; que cada día estoy más solo; que se me acerca el morir. Sin embargo, la confidencia es esta: soy un viejo feliz…”

En la visión convencional, la vejez es motivo de desamparo y carencia. Varias son las señales que nuestra sociedad difunde postrando al adulto mayor a una etapa de exilio y, en algunos casos, incompatible con la felicidad y la acumulación de riqueza. Opuesto a ese “Perú justo, ordenado, unido, honesto” que soñaba Del Busto, nuestro país ve agigantarse una población, la de la tercera edad, a la que las bondades y beneficios de la riqueza minera, exportadora y urbana posterga sistemáticamente. No forman parte de él, están excluidos. Son los otros.

Sin embargo, algunas voces disidentes vienen gestando una corriente de opinión orientada a evitar la pobreza y la exclusión a través de las Pensiones No Contributivas (PNC). Para acceder a la PNC en su versión focalizada, se necesita ser pobre y no estar vinculado a ningún tipo de pensión o ayuda oficial. Los cálculos muestran que, con una pensión de S/. 100 mensuales, se permitiría que la pobreza en la población adulto mayor disminuya 8.8 puntos porcentuales (pp) con un costo anual de 0.17% del PBI (2007). En un escenario donde la PNC sea universal, la pobreza disminuiría 12.2 pp con un costo anual de 0.89% del PBI .

Para legitimar esta propuesta, se cita la experiencia chilena con la implementación de la Pensión Básica Solidaria que actualmente es de 75,000 pesos (US $ 98) y cubre 800 mil personas o de Costa Rica donde la PNC cubre a 81 mil beneficiarios con una pensión mensual de 66,125 colones (US $ 81), amén de otros países de América Latina y del OCDE que tienen implementada una PNC y para lo cual fue necesario revertir, en muchos casos de forma desorganizada, las fisuras de un marco institucional que permita que dichas pensiones se organicen en concierto con los otros regímenes o pilares existentes en el país.

En el Perú, esos regímenes lo conforman el Sistema Nacional de Pensiones (SNP); la Caja de Pensiones Militar Policial; la Cédula Viva (cerrado a nuevas afiliaciones); el Sistema Privado de Pensiones (SPP); la Caja de Beneficios del Pescador, y el reciente de Pensiones Sociales orientada a las MYPE, ninguno de los cuales ofrece soluciones para aumentar la cobertura y, menos aún, para evitar el riesgo de pobreza en la tercera edad.

Según el INEI (2007), la cobertura de estos regímenes correspondiente al segmento de afiliados entre 20 y 65 años, es de 24.8%; siendo que sólo el 32.72% del total de personas mayores a 65 años reciben una pensión; situación que, de mantenerse la actual estructura, continuará obstaculizando la gobernabilidad del país. Así, pretender un cambio sostenible en el largo plazo, sin un cambio de paradigma que descanse en una alianza Estado-ciudadano, será mantener las condiciones adversas, resultado de las soluciones ofrecidas en las últimas cuatro décadas. En ese contexto, la PNC sería un avance pero, sin el vínculo organizado con los demás pilares, su aporte sería limitado y no cambiaría la estructura del sistema de pensiones.

Cuando propuse este cambio estratégico, a propósito de mi participación como Secretario Técnico de la Comisión de la Ley 28991, una colega me dijo “no es el momento político”. Y varias veces me he preguntado si desde Unanue ese momento propicio ha existido. No resulta sorprendente que, por ejemplo, el SNP y el SPP, los dos pilares en el que se vertebra el sistema de pensiones peruano, fueran creados en gobiernos de facto, el primero en el de Velasco Alvarado, el segundo en el de Alberto Fujimori, después del autogolpe.

En el Perú, pensar en soluciones de largo plazo parece un despropósito. Sin embargo, persisto en mi opinión: lo que el país requiere es una reforma estratégica de pensiones, creada con diálogo y legitimidad social.

Hagámoslo para honrar el futuro de nuestros hijos, para devolver la dignidad perdida, para recuperar lo que la negligencia, el interés o la perversa sinrazón nos está y seguirá entregando, los otros

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